That's what it is to be a slave.
I've seen things you people wouldn't believe.
Attack ships on fire off the shoulder of Orion.
I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate.
All those moments will be lost in time, like tears in rain.
Time to die.
Siempre me ha intrigado por qué Rutger Hauer (que durante toda la película ha demostrado ser un tipo con bastantes pocos escrúpulos -bueno, me refiero a su personaje,
Roy Batty no tengo nada contra el señor Hauer) no deja que Harrison -
Deckard- Ford (que, además, durante toda la película no para de joder la marrana) se estampe contra el suelo (además así nos ahorraríamos la cara de "¿pero que me estás contando?" de Ford mientras Hauer lanza su monólogo, careto que es lo único que ensombrece mínimamente el por lo demás magistral final de la película). La interpretación evidente es que el replicante sin sentimientos que es Batty logra, finalmente, al contempar la vulnerabilidad y el terror de Deckard ante el final inevitable que le aguarda, empatizar con el policía, dándose cuenta de que ellos dos, en el fondo, no son tan diferentes. Salva por tanto a Deckard igual que querría que alguien le salvase a él mismo. Por otro lado, siempre hay que tener en cuenta también ese extraño respeto que se suelen tener los enemigos acérrimos, sobre todo cuando lo son obligados por las circunstancias y, aún más, cuando los dos sobreviven el tiempo suficiente como para cogerse cariño. Quizá uno de los máximos exponentes de ese respeto del que hablo lo encontramos en
Heat, ese máginifico vis a vis entre dos de los más grandes, Al Pacino y Robert de Niro. Sin embargo, no me parece a mi Batty tipo que respete demasiado a nadie, es demasiado ególatra como para eso.
Me da hoy por pensar (mañana es posible que piense de manera diferente, soy voluble cual pluma al viento) que tal vez Batty salva a Deckard precisamente en un acto de egolatría.
Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia... pero no, Batty no se resigna a que se pierdan, no se resigna a que su paso por el mundo quede borrado de un plumazo, a su intrascendencia. Aceptar que uno no es más que una gota de agua en el infinito océano del tiempo, desde luego, no es fácil. De este modo, salvar a Deckard sería la única manera de intentar perpetuar su recuerdo. Poniendonos poético-trascendentales, podríamos decir que salvando a Deckard se está salvando a sí mismo.
Podría aprovechar ahora (dado que esta entrada se titula MiEdO) para hablar del miedo a la muerte, que es una cosa (no nos andemos con eufemismos) bastante jodida (me refiero al miedo, pero sospecho que la muerte en sí también la podríamos calificar de "jodida".) Si uno piensa durante un cierto tiempo en la muerte y en lo que ella implica, es inevitable que le sobrevenga el vértigo:
Nada después de la nada
Nada reír, nada llorar,
Ni padecer, ni gozar...
Nada. Nada de nada. Y además, nada por siempre jamás, por los siglos de los siglos. Es duro, sin lugar a dudas. Esto de "los siglos de los siglos" tiene, no soy ajeno a ello, connotaciones muy religiosas. Pero también las tiene el pequeño poema que he puesto (del cual, nuevamente, ignoro el autor e incluso tengo mis dudas razonables acerca de si el segundo verso guarda algún parecido con la realidad):
...Grandísimo desatino,
Más para mí tan divino
Por fin la nada alcanzar
Esto me hace pensar si no será que al bueno de Batty lo que le pasa es que no quiere irse a la tumba con una (otra) muerte sobre su conciencia, si de repente, ante la proximidad del final no tendrá la necesidad de realizar una buena obra, si no por una motivación religiosa, sí al menos para justificar su existencia o para compensar todo el daño que ha hecho esos últimos días, que salga algo bueno de entre lo malo, como en la caja de Pandora, también porque lo blanco y lo negro no existen, y volvemos a Platón.
Y volviendo a los últimos días de Batty, y volviendo al miedo, es precisamente eso, el miedo, el miedo al tiempo que se acaba, lo que convierte al replicante en un monstruo. Y es que cuando tenemos miedo normalmente tomamos las decisiones equivocadas o, aún peor, nos quedamos paralizados, sin respuesta cuando precisamente más necesaria sería. Pero voy a dejar de hablar, porque mejor que yo lo dice Javier Marías en
Mañana en la batalla piensa en mí. Lo siento, voy a poner un fragmento un poco largo, pero es que no puedo contenerme:
[...] Eso es lo que el pánico hace y lo que suele llevar a la perdición a quienes lo padecen: les hace creer que, dentro del mal o el peligro, en él están sin embargo a salvo. El soldado que se queda en su trinchera sin apenas respirar y muy quieto aunque sepa que en breve será asaltada; el transeúnte que no quiere correr cuando nota que unos pasos le siguen a altas horas de la noche por una calle oscura y abandonada; la puta que no pide auxilio tras meterse en un coche cuyos seguros se cierran automáticamente y darse cuenta de que nunca debió entrar allí con aquel individuo de manos tan grandes (quizá no pide auxilio porque no se considera del todo con derecho a ello); el extranjero que ve abatirse sobre su cabeza el árbol que partió el rayo y no se aparta, sino que lo mira caer lentamente en la gran avenida; el hombre que ve avanzar a otro en dirección a su mesa con una navaja y no se mueve ni se defiende, porque cree que en el fondo eso no puede estarle sucediendo de veras y que esa navaja no se clavará en su vientre, la navaja no puede tener su piel y sus visceras como destino; o el piloto que vio cómo el caza enemigo lograba ponerse a su espalda y ya no hizo la tentativa última de escapar a su punto de mira con una acrobacia, en la certidumbre de que aunque lo tuviera todo a favor el otro erraría el blanco porque esta vez él era el blanco. 'Mañana en la batalla piensa en mí, y caiga tu espada sin filo.' Marta debía de estar pendiente de cada segundo, contándolos mentalmente todos, pendiente de la continuidad que es la que nos da no solamente la vida, sino la sensación de vida, la que nos hace pensar y decirnos: 'Sigo pensando, o sigo diciendo, sigo leyendo o sigo viendo una película y por lo tanto estoy vivo; paso la página del periódico o vuelvo a beber un trago de mi cerveza o completo otra palabra de mi crucigrama, sigo mirando y discerniendo cosas —un japonés, una azafata— y eso quiere decir que el avión en que viajo no se ha caído, fumo un cigarrillo y es el mismo de hace unos segundos y yo creo que lograré terminarlo y encender el siguiente, así que todo continúa y ni siquiera puedo hacer nada en contra de ello, ya que no estoy en disposición de matarme ni quiero hacerlo ni voy a hacerlo; este hombre de manos tan grandes me acaricia el cuello y no aprieta aún: aunque me acaricie con aspereza y haciéndome un poco de daño sigo notando sus dedos torpes y duros sobre mis pómulos y sobre mis sienes, mis pobres sienes —sus dedos son como teclas—; y oigo aún los pasos de esa persona que quiere robarme en la sombra, o quizá me equivoco y son los de alguien inofensivo que no puede ir más de prisa y adelantarme, tal vez debiera darle la oportunidad sacando las gafas y parándome a mirar un escaparate, pero puede que entonces dejara de oírlos, y lo que me salva es seguir oyéndolos; y aún estoy aquí en mi trinchera con la bayoneta calada de la que pronto tendré que hacer uso si no quiero verme traspasado por la de mi enemigo: pero aún no, aún no, y mientras sea aún no la trinchera me oculta y me guarda, aunque estemos en campo abierto y note el frío en las orejas que no llega a cubrirme el casco; y esa navaja que se aproxima empuñada todavía no llegó a su destino y yo sigo sentado a mi mesa y nada se rasga, y en contra de lo que parece aún beberé otro trago, y otro y otro, de mi cerveza; como aún no ha caído ese árbol, y no va a caer aunque esté tronchado y se precipite, no sobre mí ni sus ramas segarán mi cabeza, no es posible porque yo estoy en esta ciudad y en esta avenida tan sólo de paso, y sería tan fácil que no estuviera; y aún sigo viendo el mundo desde lo alto, desde mi Spitfire supermarino, y aún no tengo la sensación de descenso y de carga y vértigo, de caída y gravedad y peso que tendré cuando el Messerschmitt que se ha puesto a mi espalda y me tiene a tiro abra fuego y me alcance: pero aún no, aún no, y mientras sea aún no puedo seguir pensando en la batalla y mirando el paisaje, y haciendo planes para el futuro [...]
He comenzado esta entrada con seguramente uno de los mejores finales de la historia del cine y acabo con uno (en mi opinión) de los mejores comienzos de la historia de la literatura (y no soy familia de Marías, que quede bien claro). La rueda ha dado la vuelta entera y tengo la sensación de que no he dicho nada, nada de lo quería decir, nada original.
La rueda ha dado la vuelta entera y quizá la conclusión o lo que quiero decir o lo que tengo en mente sea eso, que todo esto del miedo es como una rueda, como un círculo vicioso en el que una vez has entrado ya no puedes salir. Y es que si te dejas llevar por el miedo las probabilidades de que acabe ocurriendo lo que temes aumentan exponencialmente.
Y eso, claro está, da mucho miedo.
Audio:
Fear of sleep (The Strokes) o
Tengo Miedo (Rocío Jurado). Cada cual que escoja la que quiera.